Sin eufemismos

Félix de Azúa, el fanático cipotudo

Cuando el pasado martes 9 de enero leí tu última barrabasada en El país en forma de columna titulada “Irredentos”, pensé seriamente que el que no tiene redención posible eres tú. No deja de ser irónico que para tachar de fanáticos a los independentistas catalanes incurras en el más extremo de los fanatismos y perpetres un artefacto lingüístico capaz de hacer estallar por los aires cualquier tipo de mesura: en los dos primeros párrafos de tu artículo comparas a los máximos dirigentes del “procés” con los terroristas islámicos, en el tercero con Hitler y en el cuarto tienes que recurrir de nuevo al islam porque has agotado muy pronto el comodín del nazismo y te has quedado ya sin ejemplos. Y yo te pregunto: ¿no te parecen excesivas esas comparaciones?, ¿de verdad crees que son lo mismo Junqueras y Bin Laden? ¿O Puigdemont y Hitler? Porque si este es el nivel, ¿qué vas a dejar para definir, pongamos por caso, al presidente de la Fundación Nacional Francisco Franco? Dios me libre, por otra parte, de defender a la burguesía pijo-izquierdosa que representan Rufián, Tardá, Romeva y compañía, y mucho menos a la derechona clasista y apandadora de ese nuevo Padre Ubú que es Jordi Pujol, pero creo que exacerbar la crítica hasta esos extremos no solo es contraproducente sino que además hace que tú aparezcas como un personaje esforzada y anorgásmicamente divertido, ataviado con esa poca gracia con que suelen torturar los fantoches de barra de bar.

Casualmente, he visto cómo te ponían a caer de un burro en el último libro que he leído. En La desfachatez intelectual, el profesor de Ciencia Política Ignacio Sánchez-Cuenca analiza con profusión de ejemplos la falta de argumentos y la endeblez analítica de una serie de santos figurones que se aprovechan de su prestigio literario para actuar con total impunidad en sus periódicas columnas, convertidas estas en la trinchera desde donde disparar a quemarropa las balas de una “prosa tronitonante, cargada de testosterona” (eso que Íñigo Lomana vino a llamar “prosa cipotuda”) que pretende hacer pasar por análisis lo que no es sino –en palabras del autor– “el síndrome del opinionismo agudo”. Al lado de Jon Juaristi, Fernando Savater, Muñoz Molina, Javier Cercas o el plagiador Pérez-Reverte, entre otros, figura, para sorpresa ya de casi nadie, tu propio nombre.

Te confieso que durante la lectura del libro pensé en muchos momentos si Sánchez-Cuenca podía estar haciendo trampa. Al seleccionar solo de entre el conjunto de tus columnas aquellas que más le podían interesar y obviar las que menos, era muy fácil ofrecer una imagen deformada e interesada de tu figura. Pero hete aquí que apareces tú la primera semana del nuevo año con este artículo de museo –del museo nacional del mal gusto, entiéndeme– y despejas todas mis dudas y das toda la razón al autor del libro. A lo mejor, oyes, es el momento de dejarlo, tú. A lo mejor –por utilizar unas palabras tuyas hacia Ada Colau– ha llegado el momento de que te vayas a servir a un puesto de pescado. Besugos, por supuesto, que es lo tuyo.

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